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DIARIO

sábado, 22 de abril de 2017

Rumbo a Calabar


Son las 06:45 de aquí, Onitsha, (parece euskaldun), porque son negros de color negro, si no, el Sabino se habría tirado de los pelos.
He descansado bien y estoy listo para dirigirme hacia Calabar, dónde tengo que quedarme un día más de la cuenta, para arreglar el visado de Camerún.
El cambio de aceite, seguramente chino, no parece que le vaya muy bien a la moto, se calienta un poco mas y el embrague va algo menos fino, intentaré buscar otro el domingo, que tengo día de espera y así voy llenando el tiempo.
En el trópico la vida en la calle, empieza y termina con la luz del sol. Al igual que sale y se oculta más rápido el sol, apenas hay ocaso, la vida se despierta y desaparece de la calle a igual velocidad. A estas horas escucho cómo la carretera ya está alborotada, y yo contagiado del bullicio, lo digo por las ganas que siempre tengo de partir.

Lo que jode haber estado escribiendo media o una hora dedito a dedito y  cuando acabas, por no se qué p. razón, se pierde el trabajito.

Tras poco más de 300 kms, me he encontrado de todo, desde un rato de tranquilidad fumando combustible sin parar, 20 kms de carretera a la que han sustituido el asfalto por barrizales, charcos como piscinas de agua espesa y color ocre intenso, los personajes habituales de este circo, que son las carreteras de Nigeria y algo más.

Parece que la noche pasada descargó agua por la zona y a pesar algunos letreros anunciado carretera cortada, el gps se puso terco y decidí seguirle. Tan sólo en dos tramos tuve alguna duda pero era tarde, estaba metido en el ajo.
La primera fue atravesando no sé qué ciudad, que como todas, a reventar de gente, tráfico agobiante, atascos, humo y el gps señalando la buena dirección por una calle sin tráfico, pues por allí fui, que suerte. Un charquito, otro, pero mas grande, una piscinita, otra y otra,......,. Mientras, en las orillas, los mercados repletos y la gente, observando al hombre blanco y animándo el espectáculo gratuito e  improvisado, gritándome por dónde sí y por dónde no tenía que pasar. A cada paso, el agua cubriendo el motor, acojonado, no había salida, si me llegó a caer el vídeo no habría tenido precio. Mira que no hay un hueco para pasar una bici, en ninguna calle y ésta......ummm, la encontré vacía?.
Conseguí salir de aquello con cierta dignidad y el gps en su línea, apenas tiene dudas y ordena seguir por una recta. La verdad es que tenia buena pinta la carretera, como siempre con sus bachecitos asesinos, pero con cuidado y una buena moto, eran un entretenimiento. Llamaba la atención que por allí ni un coche ni un camión, tan sólo motos que se incorporaban y salían abandonado el recorrido hacia las aldeas. Lentamente se proyecta de nuevo la película anterior, mlde los charquitos que se suceden intermitente y van creciendo, pero esta vez a lo bestia. Se habían tragado el asfalto y superar cada uno de ellos, ya sea por las orillas, metiendo bien la moto en el caldo o esquivandolos por los barrizales exteriores a la carretera, exigían toda mi concentración. Veinte kilómetros mas tarde, todo estaba seco y me reencontraba con el paisaje habitual, camiones tumbados, controles y algo de miseria.
Esta vez había sido algo menos extresante, el público estaba ausente, y se me pasó enseguida.
Mas tarde en el puente de paso del río Calabar, un tonto con uniforme y argumentos en la mano, me da el alto, me hace salir de la carretera, me pide papeles, paro la moto, me bajo, me quito el casco y cuando lo he hecho, me dice, ,"you can go", será gilipollas, con el calor que llevo.
Poco antes otro imbécil que me hizo llegar a gritos hasta su refugio, rodeado de sacos de arena. Cuando llego, volvemos hasta la moto y también con los argumentos en mano, me hace vaciar una maleta. No le bastó y se empeñó en que le justificara mí profesión y no paró de insistir hasta que le saqué unas tarjetas profesionales. Sé que todas estas molestias se arreglan con una notita de 100Niar, pero no me sale.
Pasado el río, me pareció un buen sitio para sacar fotos, perno no me atreví a hacerlo al empezar a ver casas y más casas, arrasadas. Habían sido recientemente incendiadas y sus tejados de chapa, reventados como por una explosión. Los campos de cultivo no están abandonados, se puede decir que estaban atendidos. Junto a algunas construcciones, se ven coches calcinados. Ni un alma alrededor.
Diez kilómetros mas tarde se recupera el
aspecto del​territorio, camiones tumbados y voceras que me gritan al paso para que me detenga o que sé yo,  ya que no he parado hasta ahora ni giro el cuello para verlos, me aburren.
Por fin en Calabar, aquí todo huele a Keroseno, aún no he descubierto la razón.
Me alojo en un hotel, que no esta mal y además esta cerca de la embajada, tiene aire acondicionado y he podido mandar la ropa a restaurar, estaba impregnada de hidrocarburos mezclados con algo de barro, polvo y sudor. Lo que mas me dura limpia es la ropa interior, en el baúl se conserva bien.
Estoy aquí

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